Lo que me dejó India
Siento que este viaje a India, en el que comencé a meditar de una manera más profunda y sostenida, marcó un antes y un después en mi vida. Fueron días de práctica intensa, de aprendizaje sobre la energía, el alma, los distintos planos, las vidas. Días en los que pude hacerme preguntas y, sobre todo, escuchar algún tipo de respuestas. Y también aceptar que, con el tiempo, siempre surgen nuevas dudas.
Ese proceso no fue solo espiritual. Hubo un trabajo interno muy concreto: escribir, mirar de frente aquello que había dolido, nombrarlo. Ese ejercicio me permitió ver cosas que antes pasaban inadvertidas. Con el tiempo se volvió un hábito que sigo practicando y adaptando a distintas etapas de la vida.
Comprendí también que este tipo de viajes no siempre son cómodos. A veces incomodan, remueven, confrontan. Pero justamente por eso pueden ser profundamente transformadores.
Hoy deseo que cada persona pueda encontrar su propia forma de meditar, en cualquier parte del mundo. No es necesario ir a ningún lugar. Al principio puede resultar incómodo, incluso frustrante, pero vale la pena sostenerlo más allá de esa incomodidad. La meditación se acumula con el tiempo, como las horas de vuelo: sus frutos empiezan a sentirse cuando esas horas se van sumando. Y entonces, casi sin darse cuenta, algo adentro empieza a cambiar.
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