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La primera vez que intenté hacer un retiro de meditación en Chiang Mai, Tailandia, no lo terminé.
Me fui antes.
No porque no pudiera, sino porque algo adentro mío todavía no estaba listo.
Esta vez volví. Y fue completamente distinto… y lo terminé 😅
📍 Lugar: templo Doi Suthep, Chiang Mai, Tailandia
🛏️ Habitaciones: individuales con baños compartidos
📅 Duración mínima: 3 días
💰 Precio: el retiro funciona a base de donaciones
📩 Reserva: por mail (doisuthepinfo@gmail.com)
📵 Reglas: sin celular, lectura, escritura ni conversaciones
🍛 Comida: vegetariana, sencilla y saludable
🧘♀️ Tipo de práctica: meditación Vipassana y atención plena
🌿 Ambiente: silencioso, introspectivo y rodeado de naturaleza
⚠️ Importante: no es un retiro de lujo. Las instalaciones son simples, pero la experiencia puede ser muy profunda.
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Tailandia es, sin dudas, uno de mis países favoritos. Es un lugar al que siempre me gusta volver, un país que disfruto muchísimo y en el que siempre la paso bien.
Con mi novio hacía tiempo que queríamos pasar una buena temporada recorriendo el país, especialmente el norte de Tailandia, volver a Chiang Mai y conocer algunos lugares más. Y al pensar en volver a Chiang Mai, inevitablemente recordamos nuestra primera experiencia haciendo un retiro de meditación en el templo Doi Suthep.
Ese retiro no lo habíamos podido terminar, en aquel entonces, por el año 2022.
Desde aquella vez hasta este regreso pasaron cuatro años. Cuatro años en los que cambiamos muchísimo en varios aspectos y en los que también empezamos a tener una práctica de meditación un poco más estable.
Así que sentimos que era un buen momento para volver al Doi Suthep y finalmente vivir la experiencia completa de hacer un retiro de meditación Vipassana en Tailandia… y completarlo 😅
✨ La primera vez que fuimos a este retiro no pudimos terminarlo. En ese momento, la experiencia me atravesó de una manera completamente distinta.
Si querés leer cómo fue ese primer encuentro con la meditación en el templo Doi Suthep en Chiang Mai, podés leer mi experiencia completa acá.
Una vez que ya tenía organizadas las fechas en las que íbamos a estar en Chiang Mai, le envié un mail al templo Doi Suthep para reservar lugar.
📩 doisuthepinfo@gmail.com
Las habitaciones son individuales y están separadas entre hombres y mujeres, por lo que al momento de reservar hay que avisar cuántas personas son y en qué sector quieren hospedarse.
Siempre me respondieron bastante rápido.
Algo que me pareció muy positivo es que no hace falta hacer ningún pago anticipado para reservar. Lo único que piden es que, en caso de cancelar, les avises con tiempo para que otra persona pueda ocupar el lugar.
El retiro puede hacerse por distintas cantidades de días. El mínimo son 3 días, aunque mucha gente decide quedarse más tiempo. Incluso, se suele decir que para notar cambios más profundos, lo ideal sería quedarse al menos una semana.
Para mí, ya tres días representaban un desafío bastante grande, sobre todo porque no sabía cómo me iba a sentir atravesando una experiencia de silencio así.
Antes de entrar al templo decidimos pasar unos días en Chiang Mai para prepararnos un poco física y mentalmente.
Como sabíamos que las instalaciones del templo eran bastante sencillas, preferimos hospedarnos antes y después del retiro en un lugar cómodo donde pudiéramos descansar bien.
Elegimos el hotel Por Arak y sinceramente fue un acierto total.
Todo era espectacular: las instalaciones, las camas cómodas, la ducha caliente con muy buena presión, la piscina, el desayuno buffet y hasta las máquinas de café con leche disponibles todo el día. Y lo mejor es que tiene una excelente relación precio-calidad.
Los días previos al retiro me dediqué bastante a descansar y consentirme un poco. Y creo que haber hecho eso ayudó mucho a llegar al templo más tranquila.
Pero bueno… los días pasaron y finalmente llegó el momento de ingresar al retiro.
🛌 Nosotros nos hospedamos en Por Arak antes y después del retiro porque queríamos descansar bien y llegar más tranquilos al templo.
El horario de ingreso era entre las 12 y las 14 hs, ya que a las 14:30 comenzaba la demostración de meditación.
Nosotros salimos alrededor de las 12:30 desde Chiang Mai y tomamos un Grab hasta el Doi Suthep, que nos costó unos 448 baht.
📌 Por si no la conocés, Grab es una aplicación de transporte muy utilizada en Tailandia y suele tener precios bastante económicos. Te recomiendo descargarla apenas llegues al país.
Decidimos ir en Grab porque queríamos llegar tranquilos, sin andar negociando taxis compartidos ni preocupándonos demasiado por el traslado. Queríamos empezar la experiencia de la forma más relajada posible.
Y así fue.
Tan así que, al llegar, decidimos tomar el ascensor para evitar subir las escaleras principales del templo cargando las mochilas. Ya las habíamos subido la primera vez y recuerdo haber terminado con los gemelos destruidos.
El ascensor costaba apenas 20 baht por persona. Menos de un dólar. Honestamente, me pareció una gran inversión.
Antes de ingresar al retiro, recorrimos un poco la zona turística del templo y contemplamos las vistas.
Recuerdo sentir una mezcla rara de emociones: ansiedad, curiosidad, ganas de terminar el retiro esta vez, incertidumbre sobre cómo me sentiría estando tantos días en silencio y sola conmigo misma.
Después seguimos las indicaciones hacia el centro de meditación.
De todas maneras, era bastante fácil darse cuenta hacia dónde ir. Apenas nos veían con mochilas, las personas que trabajaban en el templo nos señalaban automáticamente dónde estaba el centro. Evidentemente, las personas con mochila que llegan a esa hora suelen ir todas al retiro.
Cuando llegamos a recepción sentí algo muy extraño: todo estaba exactamente igual.
El mismo recepcionista. La misma sala principal. La misma sala de meditación.
Todo parecía idéntico.
Pero yo me sentía completamente distinta a la Yanina que había estado ahí cuatro años atrás.
Y creo que nunca habría notado cuánto había cambiado si no hubiese vuelto exactamente al mismo lugar.
En recepción nos hicieron completar un formulario, nos dieron las llaves de las habitaciones y nos pidieron que volviéramos vestidos de blanco.
Para ser sincera, una de las partes que más me incomodaba del retiro era justamente eso: vestir completamente de blanco. Y también me llamaba la atención ver a todas las demás personas vestidas igual. Curiosamente, terminé reflexionando bastante sobre eso durante esos días.
Mi habitación era la número 21, bastante cerca de donde había estado la primera vez.
Pero esta vez me sentí cómoda apenas entré.
La habitación tenía una ventana más, era más luminosa y tenía una linda vista hacia la selva que rodea el Doi Suthep. Además, la encontré bastante limpia.
Sí, había algunos detalles menores: el mosquitero no cerraba perfecto y una persiana no bajaba del todo. Pero sinceramente no me molestó nada de eso durante la estadía.
Los baños me parecieron simples pero funcionales. No todas las duchas tenían agua caliente, aunque recién descubrí el último día que en la planta inferior había algunas con agua tibia.
Y aunque uno piense “es Tailandia, seguro hace calor”, en Chiang Mai y sobre todo en el norte puede refrescar bastante dependiendo de la época del año.
El centro de meditación tenía distintos sectores donde se llevaban a cabo las actividades diarias.
Cuenta con una pequeña recepción donde se completan los formularios de ingreso y salida. También había un pequeño stand con productos básicos a la venta, como papel higiénico, jabón y hasta galletitas Oreo.
Para entrar tanto a este espacio como al salón principal había que quitarse los zapatos.
El salón principal estaba junto a la recepción y era donde se llevaban a cabo la mayoría de las actividades con los monjes: charlas, reportes, cánticos y ceremonias.
Había varios sabutones y almohadones para hacer más llevaderas las largas horas sentados en el piso, aunque también había algunas sillas para quienes no podían sentarse cómodamente abajo.
Desde allí se podían apreciar unas vistas hermosas de Chiang Mai.
En el frente del salón había una tarima donde se sentaba el monje principal, rodeada de objetos budistas, flores, imágenes y distintos símbolos religiosos.
La sala de meditación estaba apenas apartada del salón principal.
Era sencilla, pero dentro, se sentía una energía muy especial.
Tenía largas alfombras para hacer meditaciones caminando, almohadones, pequeñas velas eléctricas y algunas figuras de Buda.
Era uno de los lugares que más disfrutaba del retiro.
La cocina y el comedor estaban en el piso inferior del salón principal.
Era un lugar sencillo, con mesas compartidas, sillas y dispensers de agua fría y caliente.
Además tenía un balcón con unas vistas hermosas donde estaban las bachas para lavar los platos después de comer.
Había distintos pabellones separados entre hombres y mujeres.
Cada uno tenía habitaciones individuales bastante simples y baños compartidos al final del pasillo. Algo que me llamó la atención es que no había ni un solo espejo.
Todo alrededor del centro estaba lleno de naturaleza y eso era algo que disfruté muchísimo.
Había bastante tiempo libre y muchas personas aprovechaban para hacer meditaciones caminando por los alrededores.
En mi caso, prefería ir a la sala de meditación porque sentía que el entorno natural me distraía un poco más.
También se podía caminar hasta la zona turística del templo, aunque sinceramente no era algo que me dieran muchas ganas de hacer. El lugar estaba lleno de turistas y yo prefería conservar un poco esa energía más introspectiva y ermitaña del retiro.
El primer día era un poco distinto al resto porque había dos actividades especiales: la demostración de meditación y la ceremonia de apertura.
La demostración de meditación era la primera actividad oficial del retiro y solamente se hacía el día de ingreso.
El monje que daba la explicación era exactamente el mismo que nos había enseñado en 2022.
Básicamente explicaba cómo funciona la meditación Vipassana, cómo observar los pensamientos, la postura y las normas básicas del retiro.
La explicación era bastante breve, aunque suficiente como para entender cómo funcionaría la práctica durante esos días.
Y esta vez pude entender mucho mejor todo lo que decía.
Después de la demostración comenzaba la ceremonia de apertura.
Se realizaba en el salón principal y participaban únicamente las personas que ingresaban ese día.
La ceremonia era guiada por uno de los encargados del centro, mientras el monje permanecía sentado sobre una tarima cubriendo su rostro con un abanico.
Nos entregaban un cuadernillo con cánticos budistas en idioma pali y comenzábamos a cantar mientras hacíamos inclinaciones y ofrecíamos flores y otros objetos.
Había algo muy particular en toda esa ceremonia. Algo solemne, extraño y hasta un poco teatral.
En un momento, el monje bajaba el abanico y comenzaba a hablar sobre el budismo y sobre los preceptos básicos del retiro.
Toda la ceremonia duraba alrededor de 40 minutos.
El despertador sonaba a las 5 de la mañana.
A las 5:30 comenzaba la charla del Dharma.
Para mí, esa era probablemente la parte más desafiante del día. No tanto por el contenido, sino porque me costaba muchísimo mantenerme despierta.
Las charlas trataban temas relacionados al budismo y a cómo aplicar ciertos conceptos a la vida cotidiana: la felicidad, el sufrimiento, la mente o la meditación.
Aunque sinceramente muchas veces me resultaban difíciles de seguir, no solo por el sueño que tenía, sino también porque mi nivel de inglés no era perfecto y me costaba bastante entender la pronunciación del monje.
Después de la charla del Dharma venía el desayuno, la primera comida del día.
La comida se anunciaba con una campana.
El desayuno iba variando según el día: sopas con fideos de arroz, verduras, arroz o proteína vegetal.
Aunque la comida estaba bien, me costaba bastante desayunar cosas especiadas tan temprano porque no estoy acostumbrada.
Así que después del primer día terminé desayunando frutas y frutos secos.
Después del desayuno llegaba el momento de la meditación matutina.
La podías hacer prácticamente en cualquier lado: en la sala de meditación, en los alrededores del templo o incluso en tu habitación.
A mí me gustaba hacer unas rondas de meditación y después ir a sentarme un rato en un pequeño santuario de Buda que estaba escondido a pocos pasos del centro y que casi nadie visitaba.
Muchas veces estaba vacío y disfrutaba muchísimo pasar tiempo ahí.
El almuerzo era la última comida sólida del día y se servía tipo buffet.
La verdad es que la comida me sorprendió para bien.
Todo era bastante saludable, vegetariano, variado y siempre había opciones con proteína vegetal.
Quizás para una persona que come mucho pueda resultar un poco escaso, pero bueno… después de todo estábamos en un templo y no en un hotel.
Incluso algunos días había pequeños postres.
Después de comer, cada uno debía lavar sus propios platos en unas bachas comunitarias.
Muchos estudiantes llevaban sus propios utensilios, aunque no fue mi caso.
Después del almuerzo venía el reporte de meditación.
El monje iba llamando a cada persona según el orden de llegada y preguntaba cómo iba la práctica.
No era un espacio demasiado largo ni profundo, pero sí servía para hacer pequeños ajustes y recibir algunas recomendaciones.
Recuerdo que al principio me ponía un poco nerviosa porque no sabía si iba a entender bien lo que me preguntaban o si iba a poder expresarme correctamente en inglés.
Pero terminó siendo mucho más simple de lo que imaginaba.
Había muchos pequeños momentos libres durante el retiro, aunque el tramo que iba desde la meditación del mediodía hasta las actividades de las 18 hs era el más largo.
Y lo curioso es que el tiempo libre no era tan libre después de todo.
No estaba permitido usar el celular, leer, escribir, escuchar música, hacer yoga, hacer ejercicio ni hablar con otras personas.
A veces, sinceramente, el tiempo libre resultaba más desafiante que la propia meditación.
Muchas personas aprovechaban esos momentos para seguir meditando.
En mi caso, me gustaba caminar por los alrededores, recorrer un poco la naturaleza o simplemente volver a mi habitación para ordenar y limpiar mis cosas.
Había algo muy simple pero muy agradable en eso.
Los Evening Chanting fueron, inesperadamente, una de las partes que más disfruté del retiro.
Todos nos reuníamos en el salón principal, nos sentábamos en el piso y agarrábamos un cuadernillo con los cánticos budistas en pali, y luego cantábamos junto con el monje.
A diferencia de la primera vez, esta vez me sentí mucho más cómoda cantando. Incluso puedo decir que me gustaba.
Había algo muy agradable en repetir esos mantras a coro y escuchar cómo resonaban todos juntos.
Pronunciar las palabras en pali me generaba una sensación difícil de explicar, entre calma y presencia.
Los cantos tenían algo repetitivo, hipnótico y meditativo.
Y aunque no todos cantaban, de alguna manera se sentía que la vibración atravesaba a todos los que estábamos ahí.
Uno de los días que estuvimos en el retiro coincidió con una celebración especial por el Día de Buda, según nos explicaron en el templo.
Dentro del calendario budista hay ciertos días considerados sagrados, como la luna llena, la luna nueva, el cuarto creciente y el cuarto menguante. Y justo nos tocó vivir una de esas fechas durante nuestra estadía en el Doi Suthep.
Esa tarde nos invitaron a participar de una ceremonia especial en el templo principal, donde los monjes realizaban los mismos cantos budistas que nosotros practicábamos diariamente durante los Evening Chanting.
Después de los cánticos, nos dieron una flor de loto a cada uno y comenzamos a caminar alrededor de la gran cúpula dorada del templo, dando tres vueltas junto al resto de las personas.
La verdad es que fue un momento muy lindo y bastante distinto a la rutina habitual del retiro.
Además, coincidió justo con nuestro último día antes de irnos, así que de alguna manera sentí que fue un cierre bastante especial para la experiencia.
Después del chanting venía la meditación nocturna, la última del día.
Y sinceramente era una de las que más disfrutaba.
A esa hora había un silencio hermoso.
Además, la sala tenía pequeñas velas encendidas que iluminaban algunas partes y le daban un clima muy introspectivo y tranquilo.
Yo generalmente hacía dos rondas de meditación de aproximadamente 40 minutos cada una. Algunas noches hacía tres.
Después volvía a mi habitación, me bañaba y me iba a dormir.
El cronograma indicaba que el día terminaba a las 21 hs y yo intentaba acostarme temprano para descansar bien.
Las noches eran bastante frías, aunque el templo nos daba dos frazadas.
Además llevé un linner, algo que recomiendo muchísimo si vas.
Sinceramente, dormir en el templo me resultó muchísimo más cómodo de lo que esperaba.
Dormí profundamente todos los días.
El último día tuvo un sabor distinto.
Ya me desperté con ciertas ganas de salir y seguir disfrutando de mi viaje por Tailandia, pero al mismo tiempo con una especie de nostalgia difícil de explicar.
Ese día me levanté a las 5 a.m. como siempre y fui a la charla del Dharma. Pero no desayuné. Preferí quedarme organizando mis cosas, limpiando la habitación y preparándome para la salida.
Y para ser completamente sincera… también tenía muchas ganas de tomarme un buen matcha latte en el centro de Chiang Mai 😅
La ceremonia de cierre tenía un estilo bastante parecido al de la ceremonia de apertura, con la misma dinámica de ofrendas, reverencias y cantos budistas.
Nunca me habría imaginado todo lo que iba a terminar cantando durante esos días.
En un momento, el monje nos dio algunos consejos para continuar con la práctica de atención plena una vez fuera del retiro y volver, aunque sea un poco, a esa presencia en la vida cotidiana.
Recuerdo sentirme muy emocionada por haber terminado el retiro. Por haber podido atravesar esos días de una manera mucho más tranquila y estable que la primera vez.
Y sobre todo, me sentí muy agradecida con la posibilidad de haber vivido esta experiencia dos veces en mi vida.
Pero al mismo tiempo, también estaba emocionada por salir.
Por volver a hablar, usar el celular, tomar decisiones simples y romper, aunque sea un poco, con tantas reglas y estructuras del templo… que igualmente entiendo perfectamente por qué existen.
Porque después de vivirlo, realmente siento que gran parte de esa calma mental que se experimenta ahí adentro tiene mucho que ver con todo eso.
Estas son algunas cosas que a mí me resultaron útiles durante el retiro y que volvería a llevar si regresara al Doi Suthep:
A medida que iban pasando los días empecé a sentir algo que nunca había experimentado tan claramente: menos ruido mental.
Ese ruido constante de pensar en mensajes, preocupaciones, obligaciones, conversaciones pendientes o pequeñas incomodidades desaparecía muchísimo al reducir los estímulos.
No usar el celular, no hablar constantemente y estar en un entorno tan silencioso generaba algo muy distinto en la mente.
Recuerdo que una noche me surgió un pequeño problema de salud y automáticamente pensé en lo que habría hecho en otro contexto: buscar síntomas en Google, preguntarle a ChatGPT, preocuparme, hablarlo con otras personas.
Pero ahí no podía hacer nada de eso.
Así que simplemente decidí dormir y ocuparme al día siguiente.
Y eso me hizo darme cuenta de cuánto ruido mental generamos constantemente.
Nunca había sentido tan claramente lo que era no tener ruido mental hasta pasar unos días en el templo.
Lamentablemente, cuando uno vuelve a la vida cotidiana, ese ruido empieza a regresar de a poco.
Los mensajes, los problemas ajenos, las demoras, las preocupaciones y los pensamientos vuelven rápidamente.
Y siento que ahora el verdadero desafío es intentar conservar aunque sea una pequeña parte de esa calma en el día a día.
Sí. Definitivamente sí.
Pero también siento que no es una experiencia tan fácil.
No tanto por las condiciones del templo, sino porque pasar tantos días en silencio y conviviendo solamente con tu mente puede remover muchas cosas.
Volver al Doi Suthep después de no haber podido terminar el retiro la primera vez fue una experiencia completamente distinta.
No volvés siendo la misma persona.
Y tampoco vivís el retiro de la misma manera.
Hay algo muy particular en regresar a un lugar donde ya sabés lo que te espera… y aun así sigue generándote resistencia.
Para mí, vale la pena hacer algún tipo de retiro de meditación. En Tailandia, en tu país o donde sea.
Retirarte aunque sea unos días del ruido constante de la vida cotidiana y vivir con más silencio y más presencia puede convertirse en uno de los regalos más grandes que le podés hacer a tu mente.
Realizar este retiro de meditación en Chiang Mai fue, sin dudas, una de las experiencias que más agradezco haber vivido.
No quiero romantizarlo ni decir que me cambió la vida de un día para el otro. Probablemente haya generado cambios, pero más sutiles. Cambios que quizás uno empieza a notar después, cuando vuelve a la vida cotidiana.
Creo que lo más significativo que me llevo de esta experiencia es haber sentido, aunque sea por unos días, que existe la posibilidad de vivir con menos ruido mental.
Y no solo eso.
Porque apenas salís del templo y volvés a tu vida “normal”, empezás a notar cómo la mente vuelve poco a poco a ese estado de inquietud constante. Uno vuelve a contestar mensajes, escucha problemas ajenos, atraviesa pequeñas frustraciones, retrasos o preocupaciones… y casi sin darse cuenta, los pensamientos empiezan nuevamente a secuestrar la mente.
Y creo que ahí está una de las cosas más valiosas del retiro.
El retiro te permite darte cuenta de cuánto ruido mental cargamos constantemente. De cuántas preocupaciones, miedos y problemas innecesarios somos capaces de crear en nuestra propia mente.
Y no digo que hacer un retiro sea “la solución” a todo. Porque incluso si uno logra sentirse profundamente en calma dentro del templo, eventualmente hay que salir y volver a la vida real… a menos que uno quiera convertirse en monje 😅
Pero sí siento que este tipo de experiencias ayudan a tomar más consciencia de esa sobrecarga de pensamientos, que dificultan la concentración y la claridad.
Consciencia de cómo nos sentimos estando solos con nosotros mismos. Consciencia de todo lo que afecta nuestra paz mental. Y consciencia de lo bien que se siente el silencio interior cuando la mente, aunque sea por momentos, empieza a apaciguarse.
Porque al principio, quedarse solo con uno mismo puede sentirse incómodo. Incluso un poco tormentoso.
Pero si uno permanece ahí el tiempo suficiente, algo empieza a calmarse lentamente.
Y quizás eso sea una de las cosas más valiosas que me llevo de este retiro de meditación en Chiang Mai: intentar encontrar pequeños momentos de silencio y retiro dentro de mi vida cotidiana, y saber que siempre puedo volver a ese lugar interior.
Gracias por visitar este espacio y leer mi experiencia. 🧡
Si tenés alguna duda o pregunta, con gusto te la respondo en los comentarios.
Nos vemos pronto 👋

“La vida es un viaje hacia el interior.” — Krishnamurti













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17 de mayo, 2024
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